martes, 24 de mayo de 2011

Me ha parecido verte...

Me ha parecido verte como hace tiempo te había visto. Te he seguido con una de esas miradas breves que a veces uso para que nadie me aperciba, y ser como un espíritu difuminado en el aire. He sobrevolado las cabezas de las pocas gentes que caminaban en una calle acostumbrada a los tumultos. Te he alcanzado. Eras tú, pero no me has visto, ni yo he querido que me vieras. Eras tú, y eras como antes... tan claro y tan sereno, con la misma sonrisa de siempre.

Me he puesto contenta al verte, y luego, me he entristecido de nuevo, por que ni tú ni yo, sabemos ya cómo volver a casa...

domingo, 1 de agosto de 2010

La estampa

Hoy, durante unos segundos he sido la afortunada que ha contemplado una estampa que, pocas, muy pocas veces, había podido ver. Esa imagen ha permanecido en mi cabeza durante horas -y creo que lo hará durante un buen rato todavía- por eso he pensado que debía escribir sobre ello. Aun no sé bien cómo describirlo, pero voy a intentarlo.

Creo que si se me preguntase cómo definiría el amor, diría que es el que duerme plácidamente entre las respiraciones acompasadas de dos jóvenes cuerpos, el que no da cabida a una paz perturbada, el que no se esconde ni se ruboriza por ser como es. El Amor es la naturalidad de una cabeza recostada sobre un pecho que la acuna. El Amor, es la ausencia de miedos y de ira, de prisas y ansiedades... El Amor, es el desconocimiento consciente de que el amor también termina. El Amor, sencillamente, es la estampa que mis ojos han contemplado esta tarde durante unos segundos. De haber tenido una cámara de fotos entre mis manos, hubiera inmortalizado ese momento, por que no me siento capaz de mostraroslo tan sólo con palabras. Sé que con ese acto hubiera robado algo que no me pertenece; el derecho a dejarlo dormir plácida e intimamente en su alcoba.

En este uno de agosto de dos mil diez, para no olvidarla, dejo aquí retratada La estampa.

martes, 28 de julio de 2009

Tendida sobre la hierba

26 de julio de 2009


Habíamos estado paseando. Sant Pol aun estaba en fiestas. Sus callejuelas lucían toda una exposición de arte, admirado por unos, indiferente para otros. Cuadros de muchos artistas, cada cual con su particular estilo. Llegamos hasta el gran parque, justo a las afueras del pueblo. En otros tiempos, había ido hasta allí, a tenderme, sobre la tímida hierba humedecida por los aspersores, y mirando hacia el cielo celeste despoblado de nubes, había encontrado la inspiración para algunos versos. Me gustaba ir allí, sola. Nadie lo sabía, pero sí, iba sola, quizá a recordar otros tiempos en los que yo era otra. Esta vez ha sido distinto. No he echado de menos la reconfortante soledad que siempre me brindaba aquel lugar. No la he necesitado desde hace algún tiempo.

Abel se ha alejado de nosotros, para ir a trepar por la minúscula loma verde. Tras alcanzar su pequeña cima se ha tendido sobre la hierba, intuyo que como siempre, un poco mojada. Yo le he observado mientras pasábamos de largo charlando sobre algo que no recuerdo. Él me ha mirado sonriendo, y yo le he respondido de la misma forma. Creo que ambos sabemos lo que pasaba por mi cabeza en ese momento: Tenderme, como él, sobre la aterciopelada hierba y mirar el cielo. En vez de eso, he pasado de largo, retomando aquella conversación, que aun no recuerdo.

Volveré otro día a Sant Pol, y como Abel, no dejaré pasar de largo el momento.

jueves, 2 de julio de 2009

De nuevo una despedida...

2 de julio de 2009




Verónica, y de nuevo una despedida…

No me gusta la sensación de vacío que a veces se instala en mi corazón. Es dolorosa e infame, y en muchas ocasiones, devastadora. Siempre intento disimularlo, y creo que, llego a lograrlo. Pero luego la necesidad de llorarlo sobre el papel, es incontrolable. Y aquí estoy, derramando lágrimas de tinta.

La vi crecer. No dentro de mi, pero fui testigo de ello. Casi nueve meses de ilusión, también, de impaciencia. Luego, dieciocho horas de incertidumbre, y de miedo… Y al fin, ella. Siguió creciendo, ya sin un cordón umbilical. Fue adolescente, y mujer. Nos contamos secretos y fuimos cómplices muchas veces, la una de la otra. Nos enfadamos, y nos discutimos, nos reconciliamos, y nos abrazamos. Lloramos y reímos juntas. Nos cuidamos mutuamente, e incluso alguna vez, nos emborrachamos a deshoras. Un día se independizó. Emprendió su propio camino y se marchó a ochocientos kilómetros de mí, apostándolo todo por un gran amor. Yo la animé, y no me arrepiento, aun sabiendo que a menudo me vería escribiendo cosas así.

Como dice Paulo Coelho, "todos debiéramos perseguir nuestros sueños, por que el camino hasta alcanzarlos, es lo que nos hace felices".

Todos debiéramos llevar una Verónica dentro.




“Te quiero... Y sí, ya sé que lo sabes”.